
Hay determinados deportes que están directamente vinculados con diferentes consumos culturales, otros con clases sociales, otros con ciertas costumbres o regiones.
En el caso del rugby, para la mirada de la clase baja y media porteña, siempre fue un deporte de las clases acomodadas. En mi adolescencia, mis amigos jugaban al rugby como modo de aceptación social (no fue mi caso, demasiado cobarde para recibir golpes gratis!), modo de acercarse además a las chicas chetas, siempre admiradas y con cierto aire de inalcanzable (analogía básica de chicos de clase media-media).
Debo confesar que mi gusto por el rugby tiene mucho de advenedizo, en el sentido que sólo sigo el mundial y nada más. Lo que me llama la atención es que a pesar de la destacada participación de Los Pumas en el mundial, la profesionalización del deporte aun está muy lejos de llegar. ¿No es llamativo? ¿O será que se mantiene una cosa elitista, donde juegan y se profesionalizan (en el exterior) aquellos que tienen la posibilidad de hacer otra cosa, sin necesidad de sustento (estudiar por ejemplo)? Sospecho que mantener la actividad en el plano semiamateur mantiene apartados a aquellos que lo pueden ver como salida de una vida vacía de salidas económicas. El futbol y el boxeo han sido históricamente los deportes donde los carentes de toda carencia han jugado sus fichas para salir de situaciones de pobreza. Huelgan los ejemplos, no sólo en Argentina, sino en muchos lados del mundo.
Mantener el rugby no rentado es mantener alejados a aquellos que lo necesitarían para vivir. Un rugby sin negros, dicho sin eufemismos. ¿O alguien piensa que ese ambiente conservador soportaría a un crack como Carlitos Tévez?
Una universidad, en general, y una facultad (la FADU, en particular) que mantiene a 1.200 docentes ad honorem, y a 1.200 subrentados sin escandalizarse, fomenta la permanente sangría de aquellos que necesitarán buscar nuevos horizontes para sostenerse económicamente. Ganar un sueldo por hacer lo que nos gusta no es pecado. Los docentes deben ganar bien porque lo merecen, porque forman a futuros egresados que, cada uno en su medida, construirán este país. Los docentes deben ganar su sueldo porque esa fue la promesa a la sociedad toda: pagar los impuestos por mejor educación, salud y justicia. Pero este estado esquizoide es legalista en los impuestos y negrero con sus empleados.
Mantener el “amateurismo” en la docencia es un error grave que ningún país puede cometer. El trabajo gratuito termina alejando a aquellos que necesitarán otras opciones. Es un sistema tan perverso que ha logrado un punto sublime: existe una categoría por debajo de los ad honorem. EXISTEN DOCENTES QUE NI SIQUIERA SON NOMBRADOS AD HONOREM PARA QUE NO “AGRANDEN” LA LISTA DE LOS MISMOS. Es decir, se les niega el derecho de existencia. Se les niega, incluso el título del honor.
Hemos caído tan abajo que incluso en estos paros, para muchos no hay amenaza posible. Con qué se los podía presionar? ¿Con que no cobraran el sueldo? Tragicómico.
La excepción (el alumno inquieto a punto de recibirse, que ingresa en una cátedra como estudiante-ayudante, ad honorem y en traspaso de ser alumno a docente) se ha convertido en norma (a los que les gusta la docencia deberán esperar para cobrar, puede ser un año, dos, cinco o nunca!).
Muchos de los que se escandalizaron leyendo “No Logo” de Naomí Klein, y su denuncia de las fábricas esclavizantes en países remotos, no se inmutan de que en una facultad, el tercio de sus docentes hacen un trabajo por remuneración cero. Son muchas las maneras, voluntarias o involuntarias de ponerle cerrojos a la educación. Son demasiadas omisiones, torpes o malintencionadas, que van cerrando puertas. La UBA no puede cerrar puertas de progreso porque su propósito y nuestro orgullo siempre ha sido abrirlas.
Si nada importa todo seguirá como hasta ahora, con la rotación de aquellos que deberán buscar obligadamente nuevos caminos, con la indiferencia de mucho que, cómodos en la no necesidad de percibir un sueldo y la confortable comodidad de ver el mundo maravilloso a través de una guinda.
Yo no me conformo. Ni me canso.
Pablo Salomone